Sin embargo, hoy no voy a hablar de Israel. Su actitud criminal de este estado me parece demasiado obvia. Por el mismo motivo, tampoco me extenderé acerca de la ineficacia de la ONU, la actitud cobarde de los países europeos o la complicidad de Estados Unidos. En su lugar, me apetece reflexionar con ustedes sobre el papel que la propia comunidad musulmana juega en este conflicto.
Que la llegada al poder de islamismo radical de Hamas solo iba a acarrear destrucción y miseria a los palestinos de los territorios ocupados era algo tan predecible como su victoria. Y es que resulta fácil entender que una población diezmada por Israel durante decenios, desengañada de Occidente y gobernada por una Autoridad Nacional Palestina corrupta, acabara volcándose en lo poco que le queda: Fe, el modelo de firmeza moral de los integristas y la complicidad del mundo musulmán.
Los habitantes de Gaza, tampoco pueden esperar nada del mundo musulmán. Aunque a todos estos países se les llene la boca al hablar de la tragedia de los palestinos, sus actuaciones sobre el terreno contradicen tales soflamas. Arabia Saudí, mientras financia terroristas para que venguen a sus hermanos palestinos, actúa sobre el terreno acatando escrupulosamente el dictamen de Estados Unidos, o sea, el de Israel. Egipto o Jordania están más preocupados por la estabilidad de sus fronteras que por la suerte de sus hermanos de fe, Siria mira hacia otro lado y hasta la poderosa Hezbollá, enemiga acérrima del estado judío, solo parece preocuparse de la frontera norte de Israel. En Líbano, tras más de 50 años, los palestinos viven aún en campos de refugiados, cuyas condiciones nada tienen que envidiar sus paisanos de Gaza: 80% de paro, miseria, falta de derechos y un estricto control por parte del ejército libanés que, en la práctica, tiene cercados estos campamentos.
Todo un ejercicio de solidaridad, vamos.
Y en medio de todo este juego de intereses geopolíticos, la cruda realidad, la única que debería importarnos es que un millón y medio de seres humanos se está muriendo, asfixiado en una bolsa de miseria, sin que nadie levante un dedo para ayudarles.
Una situación que cada vez recuerda más al gueto de Varsovia, aunque dudo mucho que dentro de 60 años los parlamentos europeos conmemoren la fecha en que alguien liberó a esos infelices y mostró al mundo la realidad del genocidio israelí.
Si al menos desean denunciar esta situación, les recomiendo que sigan este enlace, enviado para su difusión por Mercé, y firmen.
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