Aritz nació en 1985, tuvo conciencia del mundo a partir de los 90 y cuando alcanzó la mayoría de edad ya pagaba en euros. Es por tanto un chaval, un adulto recién estrenado en una sociedad que, desde su opulencia, alarga la adolescencia de nuestros hijos mucho más allá de lo que marca la estricta biología.
Aritz ha pasado, sin apenas transición, de la play-station y la bicicleta a la goma-2 y las pistolas. Un terrorista casi niño.
¿Qué mecanismos convergen para que alguien que no debería pensar más que en disfrutar, trabajar o formarse, decida “echarse al monte”, matar o ayudar a asesinar a inocentes, en base a unos agravios que jamás ha vivido en su plácida existencia?
Ojalá conociera las claves, aunque algunas intuyo. Por ello casos como el de Aritz Argingóniz, más allá del lógico rechazo, me producen una infinita tristeza.
Pero sobre todo debería hacer reflexionar a las personas de su entorno, a aquellos que de una forma u otra han influido en su decisión, inculcando a Aritz y a otros tantos jóvenes un imaginario de opresión y sometimiento, de enemigos y patriotas que poco tiene que ver con la realidad en la que viven. Inoculando odios postizos.
Para ellos, más que para Aritz, dirijo mi última reflexión. ¿Provocando dolor inocente y llevando a sus propios hijos a uva vida de delincuencia y marginalidad esperan construir una patria?
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