La última guerra de Agustí Centelles

Los hijos de Agustí Centelles venden el legado fotográfico de su padre al ministerio de cultura español por 700.000 euros, tras rechazar una oferta de la Generalitat que ofrecía 500.000. El material viajará desde Barcelona hasta el archivo de la memoria histórica de Salamanca.

¿Qué quieren que les diga? Por una parte, la ubicación física de unos originales, en estos tiempos de transmisión de la información, tiene una importancia relativa. Las fotografías de Centelles pueden consultarse con sólo hacer un click desde cualquier parte del mundo.

Por otra, el móvil que ha llevado a los vástagos del genial retratista a optar por el ministerio de Cultura español no parecen económicos. Hubieran obtenido muchísimo más si hubieran aceptado la oferta de la multinacional de subastas Cristie’s. Según han declarado, en su elección no ha habido otro interés que optar por la propuesta que garantizara una mayor difusión de la obra.

Particularmente estoy convencido de que estos señores, de más de 70 años, se han movido por cuestiones sentimentales más que por flecos crematísticos. Y por un evidente cabreo con las instituciones catalanas.

Por tanto, será recomendable que desde la Generalitat se deje de llorar y se asuman responsabilidades. Si ese tesoro artístico -que para muchos es parte del patrimonio de Catalunya- marcha hasta Salamanca, la culpa será sobre todo de los políticos catalanes. En la Conselleria de Cultura deberían rodar cabezas.

Dicho esto, tampoco está de más destacar las formas tan arteras y arpías que el ministerio de cultura español ha exhibido en esta operación, negociando a espaldas de una administración de su propio estado, a la que ha tratado como un rival.

El caso es que vamos a tener “pollo” de nuevo. Una polémica en la que no pienso entrar. Mientras no se lleven mi ciudad, su historia y sus recuerdos me hablarán siempre a través de ella.

Mañana comeré justo enfrente de donde Agustí Centelles hizo la foto que ilustraba el comienzo de esta entrada. Al pie pueden verla perfectamente encajada en su ubicación actual. A mí aun me pone los pelos de punta.


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