lunes, 15 de junio de 2009

La burbuja

Si usted es un pobre desgraciado y pide a su banco un crédito de 3000 € para reformar su casa, es muy probable que le manden a paseo, salvo que justifique que dispone de tres o cuatro veces la cantidad que solicita.

Ahora bien, si usted es el presidente del Real Madrid, y en lugar de calderilla requiere 94 millones de euros para fichar a un tipo que no vale ni la mitad de ese precio, dé por seguro que los bancos se pelearán entre ellos para darle el dinero, sin importarles que usted arrastre una deuda de más de 500 kilos.

Así, de esta forma tan fácil, empieza la burbuja.

Un jugador de fútbol es una expectativa, puro humo. Ni genera beneficios por sí mismo –si exceptuamos la venta de camisetas o los contratos publicitarios, cuyo mayor monto, a poco avisado que el astro esté, acabará en sus bolsillos y no en los de sus patronos- ni determina los resultados económicos de un club. Por tanto, como esa inversión tan brutal es una incógnita, se trata de especular lo antes posible con ella.

Los bancos que han prestado el dinero, cómplices necesarios de este juego, acaban -de forma voluntaria- prisioneros de su inversión y, por tanto sometidos al especulador. Para justificar el enorme riesgo de estas operacones, nuestros banqueros estimularán tratos de favor y condiciones privilegiadas al especulador para que éste, al precio que sea, genere los beneficios necesarios para hacer frente a los créditos. Operaciones financieras basadas en nuevas expectativas cada vez más arriesgadas, pues la burbuja, inflada de irrealidad, chanchullos y pelotazos camuflados como espectartivas de futuro, gravita ya muy lejos de la economía real.

Humo tapando a humo.

Tarde o temprano la burbuja explota. No puede ser de otra forma. Y cuando el bluff estalla, las consecuencias, en forma de paro y crisis, las padecemos todos menos los culpables. Los grandes especuladores se salvan. Durante este periplo han tenido infinidad de oportunidades de inflar su bolsa particular. Además, la amenaza de dejar caer sus imperios es suficiente argumento para chantajear a cualquier gobierno. Por su parte, los bancos, ante el temor al agujero en sus finanzas, recurren a la receta clásica: endurecer las condiciones a sus clientes cerrando el grifo del dinero para quien realmente lo necesita. Si ni con esas se tapa el “pufo”, aun podrán apelar al Estado en bien de la economía de libre mercado.

Lo vimos en las punto.com, con las sub-prime y lo estamos padeciendo con especial crueldad a causa de la crisis del ladrillo. Lo curioso es que por jodidos que estemos no aprendemos, jaleamos a los especuladores como a nuevos héroes y les otorgamos nuestros favores aunque nos hayan llevado a la miseria.

Los emperadores romanos creían que para contentar al pueblo bastaba pan y circo. Se equivocaban. Con circo hay más que suficiente.

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