Algo menos españoles

Imponerse mediante la violencia ante un ser inocente e intelectualmente inferior, al que se ha atraído con engaños. Infringir mal, hacer daño y torturar sin otro motivo que experimentar placer. Consumar esa orgia de sangre asesinando a la víctima.

Perversiones, en suma, de la mente de algunas personas y que podemos apreciar en violadores, verdugos, torturadores, asesinos en serie y pederastas. Y en los voyeurs que, sin mancharse las manos de sangre, sienten especial gusto por ver los crímenes de otros. Los usuarios de películas snuff o de pornografía infantil encajarían en este grupo.

Pues bien, todos estos rasgos, que definen a lo más abyecto del ser humano, son perfectamente apreciables y reconocibles en las corridas de toros.

Que hayamos entrado en pleno siglo XXI sin que estos espectáculos sean abolidos parece un anacronismo. Catalunya lo ha hecho gracias a una iniciativa ciudadana y la respuesta está siendo una campaña feroz contra las instituciones catalanas por parte de los principales medios de comunicación estatales –de izquierdas y derechas- que consideran una deslealtad y un ataque hacia la esencia de lo español el posicionarse contra la tortura animal.

Verán, si el tarro de las esencias de lo que nos define como españoles se conforma con iconos como el Rocío, la Guardia Civil, los Nazarenos, las coblas de castellets o Cine de Barrio, los malos españoles seremos legión, espero.

Sin embargo, a nadie se le ocurriría ilegalizar la Semana Santa o las películas de Fernando Esteso. Por sonrojantes que resulten algunos tópicos, mientras no hagan daño toca cargar con ellos. Como mucho, podemos exigir que no se nos impongan a la fuerza.

En el caso de los toros hablamos de otra cosa. Hablamos de tortura, de crueldad con el débil y de regodearse con el culto de la muerte. Unos valores que deberíamos erradicar cuanto antes a nuestra futuras generaciones si aspiramos a un mundo mejor. Aunque ello implique ser algo menos españoles.

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