sábado, 28 de noviembre de 2009

Mi niña es una santa

La ley del aborto pasa su primer trámite en el congreso tras ser rechazadas las enmiendas que exigían devolver el proyecto de ley al gobierno.

Hay leyes que, más allá de su conveniencia, son sociológicamente repulsivas. Por ejemplo, cada vez que oigo hablar de la reforma de la ley del aborto me hierve la sangre, un cabreo que aumenta solo con pensar que una joven de 16 años podrá interrumpir el embarazo sin consentimiento paterno.

Entiéndanme, no juzgo la ley, simplemente no quiero ni oir hablar de ella. ¿Porqué? Porque tengo una niña que aun no ha cumplido los 10 añitos, y esa jodida ley me obliga a enfrentarme a un futuro que, aunque parezca remoto, está a la vuelta de la esquina.

Y es que cada vez que veo a mi criatura, tan pura, inocente y, sobre todo tan necesitada del amor de sus papás, me resulta imposible imaginar que dentro de poco más de seis años, la perla de mis amores podrá decidir por sí misma si abortar o hacerme abuelo.

¡Me cago en la leche! ¿Pero cómo se atreve nadie a decir algo así? ¿Qué narices insinúan de mi hijita?

Y claro, cuando empiezas a pensar en qué clase de desgraciado sería capaz de engañar a mi niña para robar su virtud, te sulfuras tanto que ya ni te acuerdas de la ley del aborto. No, amig@s, no ¡Deseas resucitar la de la pena de muerte y ejercer tú de verdugo, para cortarle los huevos a semejante gañán!

En definitiva, lo que más me quema de esta ley es que me recuerda que, antes de que me dé cuenta mi hija será una mujer que tomará sus propias decisiones y que el tiempo, por mucho que quiera reternerlo, siempre se escapa de entre los dedos.

Y sí, me resigno. Pero no pidan que no me cabree.

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