Sin puente

copas-vino.jpgNi mar ni montaña, ni nieve ni costa, ni turismo cultural ni paréntesis vegetativo. Ni trabajando ni ocioso. Mi mujer en el tajo y yo en casita. Disfrutando de mi hija a la que cada vez enseño menos y con la que cada vez comparto más. Aún no ha cumplido ocho años y ya me asusta lo adulta que es.

Y yo tan viejo.

Esta noche hemos honrado al jamón en un rito atávico, libándolo con una botella arrancada de mi sanctasanctorum. Puedo verla medio llena o medio vacía, pero sigue ahí la mitad.

Tampoco necesito más para decirme a mí mismo: “Joder, cuanto me gusta el vino”.

Y no crean que les hablo desde el nirvana etílico. Simplemente no estoy de servicio. Ahora mismo me importa un huevo ETA, Zapatero, Chávez, Montilla, Moriles, el Rey, su augusta prole o ese tonto vestido de limpio con barbita que dice ser el jefe de la oposición y cuyo nombre no me sale.

Me retiro a mis aposentos, a intentar desvelar “el enigma de Catilina”.
Pedazo de libro, oigan.

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