domingo, 3 de abril de 2011

El ocaso del optimista compulsivo

Zapatero desvela que no será candidato para las elecciones generales de 2012.

Tenemos los optimistas compulsivos la manía de creer que cualquier situación puede ser reversible, por perdida que parezca. Una virtud que se troca en defecto cuando esta obsesión te hace perder la visión de la realidad. Yo lo sé bien pues, al igual que Zapatero, soy un optimista compulsivo. Y sé lo duro que es arrojar la toalla, abrumado por la dinámica de los acontecimientos, tras intentar sacar a flote un proyecto en el que ya nadie cree. Por suerte para todos yo no soy Presidente del gobierno ni tengo especiales responsabilidades para mi comunidad. Zapatero sí y la hostia que se ha dado, y que por ende nos ha dado a todos, es de las que se recordarán durante tiempo.

El Zapatero de esta segunda legislatura, el que ha tenido que bregar con la crisis, ha hecho un daño tremendo a la izquierda. Y no tanto por negarse a ver lo que se le venía encima sino por tratar de expiar sus culpas plegándose con la fe del converso a todos los dictámentes que los verdaderos causantes de la crisis –el FMI, la Banca, los mercados de valores, la empresas de calificación- una vez recuperados del primer golpe, han tenido a bien imponerle.

No se trata ya de humillación, que también. Con estas medidas, un Zapatero con el agua al cuello no ha encontrado otra salida que tratar de convencernos de que no hay más realidad que la que emana de los mercados, ni otras políticas que las ultraliberales, y que, sobre todo cuando las cosas se ponen difíciles, las únicas medidas eficaces son las que, en definitiva, siempre ha aplicado la derecha.
Aquí reside la verdadera perversión del discurso de Zapatero de estos dos últimos dos años. Si le creyéramos, tendríamos que reconocer la ineficacia de las doctrinas socialdemócratas, y, desde luego, su incapacidad manifiesta para resolver problemas reales. Ello equivaldría a rebajar a la izquierda a una ideología de corte idealista e infantiloide, en el mejor de los casos.

Por suerte no le creemos. Él tampoco creo que comulgue con esas ideas, pero ha pasado por el aro. Por eso es bueno que se marche, y que el PSOE inicie una profunda regeneración. Algo que, viendo los perfiles de los que, al contrario de Zapatero, siguen aferrados a sus cómodas poltronas, se me antoja muy difícil.

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