65 pollas en vinagre.

O 65 truños colgados de un palo; o 65 hostias en los morros; o que curre su puta madre. Les aseguro que si alguien me insinúa que trabaje 65 horas a la semana esto será lo más bonito que escuche de mi boca. Y sin embargo, los ministros de trabajo de la UE están a punto de aprobar una norma que sacralizaría tan indigna práctica.

Por lo visto, no tienen bastante amenazándonos con hincar el codo hasta los 70 años sin asegurarnos que cobraremos la jubilación. La última parida es aumentar el tope de la jornada laboral en Europa de 48 a 65 horas semanales. Eso sí, mediante un contrato entre trabajador y empresario, en teoría voluntario pero cuya praxis todos conocemos.

Como bien dice Gracchus en su blog, si permitimos algo así es que somos gilipollas.

Por desgracia, la imbecilidad está ampliamente extendida en el mercado laboral. Y no hablo del que traga lo que sea en el tajo porque no tiene más cojones que apechugar. Me refiero a trepas, pelotas, correveidiles, arribistas, soplones, lameculos, zascandiles, chivatos, tontos útiles y liberales varios que aún verán con buenos ojos esta norma.

Pues nada, que se maten a trabajar y, si les sobra algo de tiempo, que compensen las horas que, les aseguro, no pienso hacer. Quizá cuando, tras haber dado tó por la empresa, los pongan en la puta calle de un par de sitios, descubran lo tontos que fueron.

Aunque algunos, créanme, ni por esas aprenden.

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