jueves, 10 de abril de 2008

Balanzas fiscales y solidaridad

sumo.jpgEl gobierno presentará las balanzas fiscales en un plazo máximo de dos meses, según confirmó Jose Luis Rodríguez Zapatero durante el debate de investidura.

¡Por fín! Y es que, al amparo del absurdo secretismo que siempre ha rodeado lo que cada comunidad aporta y extrae del erario público, ha corrido tanta tinta, se ha fomentado tanto victimismo y se ha dado tanto agravio comparativo que sólo la necesaria claridad de las cuentas superará tales prejuicios. Recelos que abarcan tanto a las comunidades más pobres como a las más ricas.

Las primeras, por un temor injustificado a mostrar sus supuestas vergüenzas. Y las segundas, como Catalunya, porque han utilizado muchas veces estos datos -o la falta de ellos- para presentar a España como un paraíso en el que todos viven de puta madre a costa de la extorsión a la que estamos sometidos.

Y ni una cosa ni otra.
La financiación nunca puede depender de balanzas fiscales sino de criterios de solidaridad. Otra cuestión es cómo se aplican. Y es que el verdadero problema de este país no es de desigualdad fiscal sino de modelo de estado.

Cualquier persona que crea que España es una nación cohesionada, verá lógico que las comunidades ricas aporten más que las pobres, de la misma forma que entenderá que son las zonas más desfavorecidas las que precisan mayor inversión pública. Como mucho reclamará que las infraestructuras de su comunidad guarden cierta relación con lo que aporta, precepto que no se cumple en Catalunya.

Para los que añoramos un federalismo asimétrico, la balanza fiscal debería marcar la cuota de aportación al estado de cada federado según su propio PIB, en base a los impuestos que cada comunidad recaude y garantizando un fondo de solidaridad común.

Por último, los soberanistas usarán estos ratios para evaluar -de forma errónea bajo mi punto de vista- qué tal viviría su país como estado independiente.
El gran error, en cualquier caso, consiste en usar la balanza fiscal como un arma arrojadiza, tentación permanente del nacionalismo.

¿Qué ocurriría si usáramos este mismo razonamiento para Catalunya? Descubriríamos que Barcelona y su área metropolitana mantiene al resto del país. ¿Tendrían derecho a quejarse los barceloneses? Pero es que, aplicados sobre Barcelona , se constataría cómo las zonas más ricas y menos pobladas son las que más aportan a las arcas de la ciudad, mientras la inversión pública -sanidad, infraestructuras, educación, espacios públicos- va a parar a los barrios más desfavorecidos.

Como ya he dicho, todo territorio debe mantener su cohesión en base a criterios de equidad. El problema, quizá esté en fijar sus límites.
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