Sombras del Tíbet

dalai.jpgCrean si les digo que, a vuelta de vacaciones, mi buzón de correo electrónico rezumaba mensajes solicitando mi solidaridad con el Tíbet. Sepan también que, tras leerlos, todos acabaron en la papelera de reciclaje sin que firmara manifiesto alguno.

Entiendo que en nuestra sociedad criticar al Dalai Lama está muy mal visto. Me consta que el monje pertenece a esa contadísima élite -Nelson Mandela, Ghandi, la madre Teresa de Calcuta…- cuyas acciones están fuera de toda duda. Y asumo que hurgar en los claroscuros del problema tibetano -con el que todos debemos simpatizar por imperativos de la CNN- atraerá de nuevo a mí calificativos como jacobino, dictadorzuelo, liberticida o directamente cabronazo.

Pese a todo, mi compromiso es ser franco con ustedes. Y desde esa sinceridad les diré que el Dalai Lama siempre me ha caído bastante "gordo" y que sobre el conflicto de su país tengo mis serias reservas. ¿Por qué?

Quizá porque mis defensas saltan a la hora de alinearme junto a budistas del calibre de Richard Gere o Penélope Cruz, sin mencionar al nuevo aliado Sarkozy. O a lo mejor es que no soy muy dado a apoyar teocracias feudales de corte medieval. Y sobre todo, porque en la biografía del dalai lama Tenzin hay sombras que no consigo aclarar.

Verán, cuando en 1950 China, tras reponerse del proceso histórico más importante de su historia –dos guerras civiles, supresión del sistema imperial, guerra contra el invasor japonés y triunfo del comunismo, todo ello en apenas 30 años- decide recuperar Tíbet, un territorio que –con razón o sin ella - considera propio, apenas encuentra oposición.

Por una parte, el campesinado tibetano, cansado de siglos de subyugación y miseria, no hace ascos a pasar de la dictadura de los lamas a la dictadura del proletariado. Por otra, la propia aristocracia local abrirá sus puertas a los representantes de Mao, tras un amago de resitencia. Y aunque después Hollywood y no pocos historiadores nos venderán que el pobre Dalai Lama aceptó someterse a Mao Zedong influído por sus consejeros, que eran todos muy malos, muy malos… lo cierto es que el joven Tenzín, aceptará la dominación china y convivirá con ella… ¡nueve años!

Sólo se rebelará contra los comunistas en 1959, al dejarse enredar por la CIA en una sublevación cómo tantas otras que la agencia financió durante la guerra fría.

La cosa no fue bien para el joven Tenzin, y es que la CIA puede ser muy chapuzas cuando se lo propone. Tanto que la XIV reencarnación de Buda tuvo que salir por piernas del país, disfrazado y sin lentes. Desde su exilio en La India y siempre apoyado por el dinero de la CIA, el que acabaría siendo premio Nóbel de la paz se dedicó durante 10 años a promover acciones militares contra su antiguo protector.

El chollo se acabaría en 1969 cuando los americanos, que necesitaban tener las espaldas cubiertas con China en su guerra de Vietnam, tras valorar pros y contras no dudaron un segundo en cortar el grifo tibetano.

¿Les resultará tan curioso como a mí que sea a partir de ese momento cuando el Dalai Lama abraza de forma abierta el pacifismo como filosofía?

Así hasta hoy.

En resumen. Seguro que los chinos no lo han hecho bien –son muy suyos- y no discuto que el pueblo tibetano –todo, no solo su aristocracia y esa clase tan amplia como improductiva que representan monjes- tenga derecho a decidir el futuro de su país. Pero ya estoy cansado de que de forma cíclica el problema del Tíbet se use como arma arrojadiza para avivar el peligro amarillo por parte de unos gobiernos que, paradójicamente, consienten y estimulan dictaduras, teocracias, invasiones, subyugaciones y miserias en medio mundo.

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