La parábola de los vendedores de fruta

En una calle hay dos supermercados de fruta que desde antiguo aspiran a ser los líderes del comercio en esa vía. Cada uno tiene su propia clientela, bastante fiel, pero insuficiente para alcanzar su objetivo. Ambos saben que necesitan de los clientes del otro. Como la negociación es imposible se entabla una batalla comercial.

El supermercado A propone ofertas especiales sólo para clientes nuevos, lo que provoca cierto estupor en los antiguos. Y sitúa su publicidad cerca de su competidor, a fin de que el público de éste se entere. Con estas acciones espera atraer a los más indecisos de su competencia.

Al supermercado B, por el contrario, le preocupa mucho que se marchen sus clientes. Su estrategia pasará por machacar al supermercado A y a sus clientes, diciendo que quien ahí acude no sabe ni comprar, ni comer, ni siente amor por su calle. En lugar de anunciarse cerca del otro súper, amenaza a los medios diciendo que no colocará su publicidad en ningún soporte que crea afín a su rival.

Tras varias semanas de pugna, los dos supermercados evalúan los resultados.

El supermercado A está preocupado. Ha crecido, pese a la campaña de desprestigio a la que tanto él como sus clientes han sido sometidos. Cree que la próxima auditoria -que se celebra cada 4 años- refrendará su liderazgo, pero el desgaste ha sido alto.

El supermercado B está preocupado también. Sus clientes se han estancado. Eso sí, son tremendamente fieles. Tanto, que muchos no quieren asumir que su demonizado enemigo les gane la lid. Hay entre ellos quien opina que la calle sería más tranquila sin el rival. Y otros, muy pocos, convencidos de que lo más eficaz para que su súper alcance el liderato es expulsar del barrio a aquellos que no quieran comprar en él.

A todo esto, la mayoría de los habitantes de la calle manifestaron que lo único que les importaba era tener en su calle tiendas suficientes para comprar donde quisieran y lo que les viniera en gana.
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