martes, 30 de enero de 2007

La sombra de Camarón

camaron6.jpgCuando acudo al trabajo, suelo entretener el embotellamiento diario oyendo la radio. Sin embargo hay días en que no estoy para tanta crispación. Cambio entonces de registro y me aplico a escuchar música. Esta mañana, mientras seguía la voz de Camarón, pensé que aunque estuve a punto de ver varias veces  a este tipo, nunca lo logré. Y decidí que hoy no les hablaría de política sino de tres pequeñas historias con un común denominador.
Sevilla, Semana Santa de 1984 o 1985.
Camarón junto a Narcís Serra y Rodríguez de la Borbolla cantando una saeta desde un balcón. Por si la imagen fuera poco surrealista, el público, al paso de la virgen, alentaba al cantaor con expresiones como ”borrasho”, “colgao” o “drogadicto”. Me perdí la escena. Llegué un día más tarde de lo previsto a Sevilla y me la explicó la que ahora es mi mujer, Maldije todo.

Barcelona, algún tiempo después.
Un compañero de trabajo sacaba unos duros extra trabajando como fuerza de orden en conciertos. Era un verdadero facha con carné de CCOO.  Una  vez acepté ayudarle y fue para una actuación de barrio de la Orquestra Platería. Allí, mi compañero dio una paliza a un pobre chaval que, de puro ciego, no sabía ni donde estaba. Me dije que nunca más. Y eso que para el concierto que Camarón iba a dar en Montjuich aquel hombre volvió a la carga. Estaba claro que no encontraba gente y que temía que los que intentaran colarse en este evento serían menos dóciles. Para atraerme, insinuó que podría visitar el backstage. Aun así me negué en redondo. Mi colega estuvo dos meses de baja de la tanta de hostias que le arrearon.

Badalona, 2 de Julio de 1992
Mi madre estaba ingresada en el hospital de “Can Ruti”. Aquel día fui a visitarla después de comer. En cuanto llegué al inmenso aparcamiento supe que algo no iba bien. Cientos de gitanos se agolpaban a la puerta del hospital. En la cafetería cercana, un cámara de TV3 era invitado sin cariño a abandonar el local, so pena de acabar con la cámara en el culo, si se empeñaba en filmar a los ahí presentes. Dentro del hospital, el mismo bullicio. Muchos lloraban. En una sala contigua acababan de confirmar la noticia: había muerto Camarón. Volví al trabajo pensando que esta vez se me había escapado definitivamente.

Pues bien, me equivocaba. Y es que, ahora, cuando pienso en José Monge, tampoco lo veo. Camarón se esconde tras las sombras del recuerdo y desde ahí, escurridizo y burlón, me devuelve al cerebro la imagen apócrifa de Oscar Jaenada.

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