El arte de negociar

Debo reconocerlo, me encanta negociar. Es algo que se lleva en la sangre. Disfruto tanto regateando en un zoco como intentando llegar a algún acuerdo con aquel desconocido en cuya mesa de reuniones acabo de sentarme.

Y es que se negocia tanto cuando se compra como cuando se vende; con propios y extraños; a nivel particular o en representación de otros. Y siempre con un objetivo final: alcanzar un pacto. Creo que negociar es una de las actividades más civilizadas que puede desarrollar el ser humano.

Para negociar apenas hacen falta unas premisas: interés de ambas partes por alcanzar un acuerdo, autoridad suficiente para suscribirlo y solvencia para cumplirlo en el tiempo.
Negociar es presionar y saber ceder, esquivar cortinas de humo y descubrir el esquema mental por el que se rige tu interlocutor, a fin de adelantarte a sus pensamientos.

Por ello, entiendo lo complicadísima que debe resultar la negociación entre el Gobierno y ETA. Y es que nuestros representantes deben “flipar” ante unos tipos que, tras destrozar medio aeropuerto de un bombazo y matar a dos personas, tienen los santos cojones de decir que el proceso de paz sigue en pie. Es imposible descubrir el esquema lógico que se esconde tras unos tipos que piensan –y actúan- así.

A partir de aquí lo normal es cuestionarse si la primera premisa se cumple, esto es, si ETA tiene voluntad real de llegar a acuerdos. Cuando además descubres que Otegi, su presunto portavoz , debe recurrir a los medios de comunicación para pedir a la banda que mantenga el alto el fuego, lo normal es dudar de su autoridad para suscribir pactos. Y mucho menos de garantizar que se cumplan.

¿Invalida esto el esfuerzo por negociar? A mi modo de ver no. Cualquier gobierno está obligado a explorar todas las vías a fin de acabar con la violencia. Y un pacto basado en la justicia es la única solución. Más pronto o más tarde habrá que sentarse de nuevo, con este gobierno o con otro.

La pelota está desde hace tiempo en el mundo Abertzale. Son ellos los que tienen que asumir el sin sentido de su lucha armada. Pero para llegar a este punto necesitan abandonar esquemas mentales demasiado arraigados en este colectivo: su concepto tribal de la patria, el rechazo que sienten por la democracia como único instrumento para alcanzar fines políticos e incluso la estética romántica del guerrillero.

Mientras ellos mismos no bajen del burro, por mucho que aumente la presión policial, tendremos ETA para rato.

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